1 noviembre, 2026

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El “Súper Niño” intensifica los fenómenos extremos: cinco efectos que ya se observan en América Latina y el mundo

Las lluvias intensas, las inundaciones, las sequías y la actividad de ciclones tropicales muestran el impacto de un episodio de El Niño que podría alcanzar una intensidad excepcional hacia fines de 2026, según el pronóstico citado de la Organización Meteorológica Mundial.

El fenómeno climático de El Niño ya está asociado a episodios extremos en distintas regiones del planeta. En América Latina, sus posibles efectos se manifiestan en las inundaciones registradas en Chile, las precipitaciones intensas en el sur de Sudamérica, la actividad de huracanes en el Pacífico oriental y las condiciones de sequía que afectan a sectores de Centroamérica y de la cuenca amazónica. Al mismo tiempo, otras regiones del mundo atraviesan temporadas de incendios forestales y ciclones tropicales que también se relacionan con las condiciones oceánicas y atmosféricas.

El panorama coincide con las advertencias que los científicos venían realizando sobre la intensidad del fenómeno. Sin embargo, en algunos lugares, como Chile, los impactos podrían haber superado las previsiones iniciales.

“Se está viendo lo que se había pronosticado y, en algunos casos como en Chile, probablemente más impacto de lo esperado. Ahí ha tenido un efecto muy significativo a lo largo de todo el país”, señaló Julián Báez, director para las Américas de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), en declaraciones a BBC Mundo.

Desde Ginebra, la OMM advirtió que su nuevo pronóstico estacional contempla la posibilidad de que El Niño alcance una intensidad excepcional y supere ampliamente los niveles registrados durante las últimas cuatro décadas.

La secretaria general del organismo, Celeste Saulo, indicó que el fenómeno alcanzaría su punto máximo hacia finales de 2026, aunque sus consecuencias podrían prolongarse más allá de ese período.

Los primeros efectos también anticipan un escenario complejo para países como Perú y Ecuador, donde podrían registrarse lluvias muy intensas o una sequía considerable entre diciembre y enero, de acuerdo con las previsiones mencionadas en el informe.

Estos son cinco de los principales impactos climáticos asociados al actual episodio de El Niño.

1. Lluvias extremas e inundaciones en el sur de Sudamérica

Chile se convirtió en uno de los principales focos de atención por las precipitaciones intensas que afectaron distintas zonas del país. En Santiago, las lluvias provocaron inundaciones y aluviones de agua y barro que ocasionaron daños en viviendas, comercios y vehículos.

El impacto no se limitó a la capital. De acuerdo con Báez, se registraron condiciones meteorológicas anormales en el norte, el centro y el sur del territorio chileno, con episodios de granizo, precipitaciones severas e incluso nevadas durante la primavera.

La concentración de población en Santiago aumenta la exposición a estos eventos, pero el fenómeno también dejó consecuencias en otras regiones. La extensión territorial de los impactos muestra que los episodios extremos pueden afectar tanto a grandes centros urbanos como a comunidades de distintas zonas del país.

En el sureste de Sudamérica, Paraguay, el sur de Brasil, Uruguay y el norte de Argentina también registraron precipitaciones intensas durante las últimas semanas. Según la explicación del especialista de la OMM, estos niveles de lluvia se apartan de los parámetros habituales de los años en los que El Niño no está presente.

Otro punto relevante es el comportamiento de la cuenca del río Paraná, cuyo caudal aumentó de manera notable. Báez mencionó el exceso de agua en sectores vinculados a la represa de Itaipú, que obligó a liberar caudal y generó inundaciones en algunas zonas de Paraguay y Argentina. Entre las consecuencias también señaló la inhabilitación del Parque Nacional Iguazú.

En Paraguay, además, se registró una granizada de características inusuales en Asunción el 2 de octubre. El tamaño del granizo y la intensidad de las precipitaciones sorprendieron por su magnitud y provocaron daños.

Báez advirtió que la repetición de fenómenos meteorológicos extremos genera preocupación entre la población, que permanece en estado de alerta frente a nuevos episodios de lluvias, granizo e inundaciones.

2. Una temporada de huracanes muy activa en el Pacífico oriental

El Niño también está asociado a una intensa actividad de huracanes en el Pacífico oriental, donde las condiciones oceánicas y atmosféricas pueden favorecer la formación y el fortalecimiento de estos sistemas.

Según los datos incluidos en el informe, durante la temporada se registraron 22 tormentas con nombre y 12 huracanes, diez de ellos clasificados como ciclones de gran intensidad. La cifra ya superaba los valores habituales de una temporada promedio, pese a que todavía quedaban dos meses para su finalización.

Uno de los factores que contribuyen a este comportamiento es el aumento de la temperatura del océano. Las aguas más cálidas aportan energía a las tormentas, mientras que los vientos más débiles en las capas superiores de la atmósfera pueden facilitar su organización e intensificación.

El huracán Polo fue presentado como un ejemplo de este proceso. El sistema se intensificó rápidamente y produjo ráfagas de viento de hasta 285 kilómetros por hora cerca de las costas de México, alimentado por las aguas cálidas asociadas al fenómeno de El Niño.

Polo también integró un episodio de formación simultánea de tres huracanes en la misma cuenca, junto con Odalys y Nolo. De acuerdo con el texto fuente, una situación similar ya había ocurrido dos veces en el transcurso de un mes.

A comienzos de septiembre, el calor excepcional del océano también estuvo relacionado con la presencia simultánea de los huracanes Lowell, Karina y Marie en el Pacífico central y oriental.

El antecedente señalado en el informe es 2015, año en el que se había registrado por última vez la formación simultánea de tres huracanes en esa zona.

3. Menos actividad en el Atlántico durante la temporada

Mientras el Pacífico oriental registró una actividad intensa, el océano Atlántico mostró un comportamiento diferente, con una temporada de huracanes mucho menos activa de lo habitual.

El Niño suele aumentar la cizalladura del viento en el Atlántico Norte. Este fenómeno genera diferencias en la velocidad y dirección de los vientos a distintas alturas de la atmósfera, lo que puede desorganizar las tormentas y dificultar su desarrollo.

El informe señala que solo un huracán, identificado como Isaías, llegó a tierra en el noroeste de Florida y Alabama. También lo describe como el huracán de formación más tardía registrado durante la era de los satélites, iniciada en la década de 1960.

La situación en el Caribe fue especialmente llamativa. Báez sostuvo que la actividad tropical se concentró en un solo episodio y que no se registraron ciclones tropicales en el Caribe oriental durante el período analizado.

El especialista también señaló que el sistema que llegó a formarse se desarrolló en el golfo de México, donde las aguas cálidas favorecieron las condiciones para su aparición.

Como referencia, el informe compara estos datos con una temporada promedio, en la que para ese momento suelen haberse registrado diez tormentas con nombre, cinco huracanes y dos ciclones de gran intensidad.

Sin embargo, el balance presentado contabilizaba ocho tormentas tropicales: Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo y Hanna.

Este contraste muestra que El Niño no provoca el mismo efecto en todas las cuencas oceánicas. Mientras puede favorecer los huracanes en el Pacífico oriental, también puede limitar su formación en el Atlántico.

4. Sequías en América Latina, incendios forestales en Indonesia y menos lluvias en India

El Niño puede generar condiciones opuestas incluso dentro de un mismo país. Por eso, el aumento de las precipitaciones en algunas regiones puede coincidir con sequías en otras, con consecuencias para la agricultura, la disponibilidad de agua y la generación de energía.

En América Latina, el informe identifica una reducción de las lluvias desde el sureste de México hasta Costa Rica, con efectos sobre la producción agrícola. También menciona déficits de precipitaciones en sectores de Colombia y Brasil, donde la menor disponibilidad de agua puede afectar el abastecimiento de las represas y favorecer los incendios forestales.

La cuenca amazónica aparece entre las áreas más comprometidas. Según Báez, distintas zonas que abarcan Brasil, Ecuador y Perú están atravesando condiciones de sequía.

El especialista explicó que Perú y Ecuador podrían enfrentar impactos especialmente complejos porque sus territorios presentan condiciones diferentes según la región. En el lado amazónico, la falta de lluvias afecta las zonas vinculadas a la generación hidroeléctrica y reduce la disponibilidad de agua para producir energía. En Ecuador y Perú, esta situación ya había dado lugar a medidas de regulación energética, según el informe.

La Amazonía colombiana también registra un déficit de precipitaciones. En contraste, en las zonas costeras del norte de Perú y el sur de Ecuador se esperan lluvias intensas. El texto advierte que los efectos más extremos para ambos países podrían producirse entre diciembre y febrero.

Fuera de América Latina, Indonesia atraviesa una temporada de incendios forestales especialmente grave. El país suele experimentar condiciones más secas y cálidas durante los años de El Niño, y el informe señala que enfrenta su peor temporada de incendios en una década.

Desde enero, las llamas habían consumido cerca de 900.000 hectáreas, más del doble de la superficie quemada durante el año anterior, cuando no se registraba la influencia de El Niño en los términos descritos por el texto.

Las consecuencias también alcanzaron a la población. Los incendios provocaron el cierre de escuelas y un incremento de la atención hospitalaria. Millones de personas en Sumatra y Kalimantan quedaron expuestas al humo y a la neblina tóxica.

El balance citado estima que alrededor de 175.000 personas sufrieron enfermedades respiratorias. Más de 40.000 casos correspondieron a niños pequeños y abarcaron desde tos y bronquitis hasta afecciones más graves, como la neumonía.

India también muestra señales de un período más seco y cálido. Las lluvias del monzón, fundamentales para actividades como la agricultura, se ubicaron un 13% por debajo del promedio, según los datos incluidos en el informe.

5. Tifones más intensos en Asia oriental

En el Pacífico occidental, las condiciones meteorológicas también generaron preocupación por la actividad de los ciclones tropicales en zonas próximas a China y Japón.

El informe menciona a las tormentas Maysak y Dujuan, que provocaron inundaciones generalizadas y deslizamientos de tierra. Además, atribuye a la Agencia Meteorológica de Japón el registro de diez ciclones tropicales en el océano Pacífico occidental, la cifra más alta para una temporada desde 1966.

El calentamiento de las aguas del Pacífico modifica los patrones de circulación atmosférica y puede alterar las zonas en las que se forman estos sistemas. Durante El Niño, los ciclones tienden a originarse más hacia el este, alejados de Japón y del este de China.

Esa trayectoria puede permitir que las tormentas recorran mayores distancias sobre aguas cálidas y dispongan de más tiempo para acumular energía antes de llegar a tierra. Como resultado, algunos sistemas pueden transformarse en tifones más intensos.

Los científicos citados estiman que todavía podrían formarse más tifones durante la temporada, con posibles consecuencias para Japón y el este de China.

Al evaluar el escenario general, Báez sostuvo que los impactos observados coinciden con los patrones que suelen asociarse a El Niño, aunque remarcó que la intensidad actual del fenómeno está haciendo que sus efectos se manifiesten con especial fuerza en distintas regiones.

Un fenómeno con efectos desiguales y consecuencias prolongadas

El actual episodio de El Niño muestra que un mismo fenómeno climático puede producir consecuencias muy diferentes según la región: desde inundaciones y crecidas de ríos hasta sequías, incendios forestales y cambios en la actividad de los ciclones tropicales.

En América Latina, la combinación de lluvias intensas en el sur del continente y déficits de precipitaciones en sectores de Centroamérica y la Amazonía plantea desafíos para la infraestructura, la agricultura y la generación de energía. En otras partes del mundo, los incendios forestales y los tifones agregan nuevos riesgos para las comunidades afectadas.

La OMM advirtió que el fenómeno podría alcanzar su máxima intensidad hacia finales de 2026 y que sus consecuencias podrían continuar después de ese momento. Por eso, el seguimiento de los pronósticos y la preparación ante eventos extremos serán aspectos centrales para los países que ya registran impactos o esperan condiciones más severas en los próximos meses.