27 septiembre, 2026

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¿Deuda cognitiva?: los secretos detrás del impacto de ChatGPT en el cerebro

Investigaciones científicas ponen bajo la lupa la delegación mental en los modelos de lenguaje. Mientras algunos ensayos muestran menor retención y rendimiento, surgen matices sobre cómo potenciar el aprendizaje sin atrofiar el pensamiento crítico.

El avance de la inteligencia artificial generativa ha transformado la manera en que trabajamos, estudiamos y resolvemos problemas cotidianos. Sin embargo, a medida que herramientas como ChatGPT se integran en nuestras rutinas, surge un interrogante inevitable: ¿qué impacto tiene esta delegación mental en nuestro cerebro? Un reciente estudio del MIT puso el tema sobre la mesa al advertir sobre la posibilidad de una «deuda cognitiva», aunque los especialistas llaman a la cautela ante evidencias que aún son preliminares.

El estudio del MIT: menor actividad cerebral y peor desempeño

Para indagar en los efectos de la redacción asistida, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) analizaron la actividad cerebral y el rendimiento de 54 jóvenes divididos en tres grupos: uno que utilizó ChatGPT, otro que recurrió a Google y un tercero que trabajó sin asistencia externa.

Los resultados mostraron que quienes redactaron con el apoyo de la inteligencia artificial registraron un peor desempeño a nivel neuronal, lingüístico y en la calidad del texto final. Asimismo, los participantes de este grupo recordaron menos la información y expresaron menor conexión con las ideas desarrolladas. A partir de estos datos, los autores plantearon que la dependencia excesiva de los modelos de lenguaje reemplaza el esfuerzo cognitivo necesario para el pensamiento independiente, abriendo la puerta a lo que denominaron deuda cognitiva.

Evidencia preliminar y el propósito del uso

A pesar de la repercusión de estos hallazgos, la comunidad científica subraya que la evidencia sobre los efectos a largo plazo sigue siendo limitada. Gran parte de la literatura actual es teórica y se centra en prevenir posibles consecuencias negativas más que en dictar sentencias definitivas.

En esa línea, modelos cognitivos previos —como los desarrollados por los investigadores Evan Risko y Sam Gilbert— señalan que el impacto de utilizar sistemas externos depende fundamentalmente de los objetivos del usuario:

  • Delegación por ahorro de esfuerzo: Si se recurre a la IA únicamente para evitar el trabajo mental o porque se asume la incapacidad de resolver una tarea, el desarrollo de habilidades se debilita.
  • Uso estratégico: Si se emplea como una herramienta de diálogo para contrastar ideas, debatir conceptos o potenciar el aprendizaje, los resultados pueden ser favorables.

De hecho, la propia investigación del MIT observó matices interesantes: cuando los usuarios integraron de manera deliberada sus propias perspectivas con las sugerencias tecnológicas, el impacto sobre el rendimiento y la actividad cerebral mostró variaciones que desafían la idea de un perjuicio lineal.

¿Hacia dónde vamos?

El debate actual no apunta a prohibir la tecnología, sino a repensar cómo interactuamos con ella. Especialistas en educación y neurociencia coinciden en que el verdadero desafío radica en definir qué procesos pueden automatizarse y cómo reinvertir el tiempo y el esfuerzo liberados para seguir estimulando el pensamiento crítico y el aprendizaje autónomo.