Un estudio publicado en Perspectives on Psychological Science detectó una reducción sostenida de las palabras habladas diariamente. El análisis encontró que, entre 2005 y 2019, se pronunciaron en promedio 338 palabras menos por día por cada año transcurrido, con una caída todavía mayor entre los menores de 25 años. Los investigadores advierten sobre la pérdida de esas conversaciones espontáneas que también funcionan como pequeños espacios de conexión social.
Hablar parece una de las actividades más naturales de la vida cotidiana. Sin embargo, un análisis realizado sobre registros de conversaciones de personas de distintas edades encontró una tendencia llamativa: en las sociedades occidentales e individualistas se están pronunciando cada vez menos palabras.
El trabajo fue realizado por los investigadores Valeria Pfeifer y Matthias Mehl y publicado en la revista Perspectives on Psychological Science. Para el análisis se reunieron datos de 2.197 participantes, de entre 10 y 94 años, provenientes de 22 estudios realizados durante distintos años y principalmente en Estados Unidos, además de México, Australia y países europeos.
Los datos mostraron que el promedio estimado de palabras habladas por día pasó de unas 15.959 en el estudio realizado en 2007 a unas 12.792 en el conjunto de datos más reciente. Al relacionar la cantidad de palabras con el año en que fueron registrados los datos, los investigadores encontraron una reducción promedio de 338 palabras habladas por día por cada año transcurrido entre 2005 y 2019.
A primera vista, 338 palabras pueden parecer una diferencia menor. Pero al trasladar ese número a períodos más extensos, la disminución adquiere otra dimensión. Según los autores, la reducción representa más de 120.000 palabras menos pronunciadas por año respecto del año anterior y, entre 2005 y 2019, equivale a una caída estimada del 28% en la cantidad de palabras habladas diariamente.
Una tendencia que afecta más a los jóvenes
La investigación no fue diseñada específicamente para determinar por qué se habla menos. Sin embargo, el período estudiado coincide con una transformación profunda de las formas de comunicación: durante esos años se expandieron los teléfonos celulares, los mensajes de texto, los correos electrónicos y las redes sociales.
Por eso, una de las preguntas que se plantearon los investigadores fue si parte de las palabras que antes se pronunciaban simplemente habían pasado a escribirse.
Para analizar esa posibilidad, dividieron a los participantes en dos grupos según su edad. Los menores de 25 años registraron una reducción promedio de 451 palabras habladas por cada año transcurrido desde 2005, mientras que entre los mayores de 25 años la disminución fue de 314 palabras. Es decir, la pérdida observada fue aproximadamente un 44% mayor entre los participantes más jóvenes.
Los propios investigadores advierten que la edad —y, por extensión, la mayor exposición a determinadas tecnologías— no alcanza para explicar por completo la tendencia. También señalan que pudieron haber intervenido cambios más amplios en la manera en que las personas se reúnen, se desplazan y se relacionan.
¿El celular reemplazó nuestras conversaciones?
La hipótesis aparece casi de manera inmediata: si las personas utilizan más sus teléfonos para enviar mensajes, interactuar en redes o comunicarse por escrito, quizás estén reemplazando parte de sus conversaciones habladas.
Mehl reconoce que el estudio no analizó directamente esa sustitución. De hecho, plantea que el volumen total de palabras utilizadas por una persona podría incluso ser mayor que antes si se contabilizaran los mensajes, correos electrónicos y publicaciones digitales.
El problema, desde la perspectiva de los investigadores, es que hablar y escribir no necesariamente cumplen la misma función social.
Las conversaciones cara a cara o en tiempo real implican formas de interacción diferentes a las que se producen mediante dispositivos digitales. Por eso, la pérdida de palabras habladas no puede interpretarse simplemente como una disminución de la comunicación en general.
Las conversaciones que desaparecen sin que las notemos
Una de las cuestiones que más interesa a los investigadores es qué tipo de conversaciones pueden estar desapareciendo.
La hipótesis de Mehl apunta especialmente a esas charlas pequeñas y aparentemente insignificantes que ocurren durante el día: saludar a un vecino, intercambiar unas palabras con quien atiende un comercio, conversar con alguien mientras se espera en una fila o hacer un comentario casual con una persona con la que se coincide habitualmente.
Son los llamados “vínculos débiles”: personas que no necesariamente forman parte del círculo íntimo, pero con las que existe un contacto reiterado.
El problema es que la infraestructura de la vida cotidiana también cambió. Muchas situaciones que antes obligaban a interactuar con otras personas ahora pueden resolverse mediante un dispositivo.
Salir a pasear al perro mientras se escuchan noticias o un podcast, hacer las compras sin hablar con nadie, pagar una cuenta acercando el teléfono a un código o utilizar un celular para encontrar una dirección son ejemplos de situaciones en las que una interacción humana puede dejar de producirse.
Cada una de ellas puede parecer insignificante. Pero acumuladas durante días, meses y años, representan una cantidad considerable de oportunidades de conversación que desaparecen.
La búsqueda de eficiencia también cambia los vínculos
Para Mehl, hay una paradoja detrás de este proceso. Las nuevas tecnologías permiten hacer muchas actividades de manera más rápida y eficiente.
Un teléfono puede indicar una dirección sin necesidad de preguntarle a otra persona. Una aplicación puede permitir realizar un pago sin hablar con un empleado. Un podcast permite aprovechar el tiempo durante una caminata.
Pero esa eficiencia también puede eliminar encuentros espontáneos.
El investigador cuenta, por ejemplo, que vive actualmente en Arizona, Estados Unidos, aunque es originario de Alemania. Allí suele ir a una panadería local donde una persona lo reconoce y lo saluda por su nombre.
Ese pequeño intercambio puede parecer irrelevante, pero produce lo que Mehl describe como un “micromomento de pertenencia”: la sensación de ser reconocido, visto y formar parte de un entorno.
No se trata de la misma pertenencia que proporcionan la familia o los vínculos cercanos. Es algo mucho más pequeño y cotidiano. Pero, precisamente por eso, puede aparecer varias veces a lo largo de un día.
¿Qué ocurrió después de la pandemia?
Los datos analizados llegan hasta 2019, por lo que no permiten medir directamente el impacto posterior de la pandemia de coronavirus ni de la expansión del trabajo remoto.
Mehl explica que existen nuevos estudios en curso cuyos resultados permitirán analizar períodos más recientes. Por ahora, no cuentan con datos directos que permitan establecer si la tendencia continuó, se aceleró o se frenó después de la pandemia.
Sin embargo, el investigador considera relevante que la pandemia haya impuesto durante un período prolongado una situación de aislamiento y distanciamiento social.
Durante ese tiempo desaparecieron precisamente muchas de esas interacciones espontáneas que forman parte de la vida cotidiana. Y, una vez terminadas las restricciones, algunas personas manifestaron que volver a relacionarse socialmente parecía más difícil: recibir amigos o salir a encontrarse con otras personas podía generar una sensación de mayor esfuerzo que antes.
Por eso, aunque Mehl considera posible que se haya recuperado parte del descenso producido durante la pandemia, señala que le resultaría sorprendente que la tendencia general hacia una menor cantidad de conversaciones habladas se hubiera detenido por completo.
¿Cómo recuperar esas conversaciones?
Los investigadores no plantean una solución tecnológica ni una gran intervención social. La propuesta de Mehl es mucho más sencilla: volver a aprovechar algunas de las oportunidades cotidianas de hablar.
El científico menciona los trabajos de Gillian Sandström y Nicholas Epley, autores de libros dedicados a las interacciones con desconocidos y a la conexión social. La idea central que rescata de esas investigaciones es incorporar deliberadamente algunas conversaciones más a la rutina diaria.
En su propio caso, Mehl cuenta que adoptó una regla sencilla: cuando piensa que podría hablar con alguien en determinado momento, intenta hacerlo.
Puede tratarse de una conversación breve con un vecino, un comentario durante una actividad cotidiana o unas palabras con una persona con la que se cruza habitualmente.
La importancia de esos intercambios no estaría únicamente en la cantidad de palabras pronunciadas. También podría estar en lo que transmiten.
Un saludo entre vecinos puede producir la sensación de pertenecer a un lugar. Una persona que reconoce nuestro nombre puede generar la percepción de que somos vistos. Un intercambio breve con un desconocido puede funcionar como una señal básica de confianza: “te veo, no te deseo nada malo”.
Hablar también como forma de conexión
El estudio plantea así una cuestión que va más allá del número de palabras pronunciadas.
Los investigadores advierten que todavía existen muchas preguntas sin responder: no se sabe con precisión con quién se perdieron esas conversaciones, sobre qué temas eran, ni hasta qué punto la disminución afectó de la misma manera a todas las personas.
Tampoco está resuelto cuánto pueden compensar los intercambios digitales la pérdida de las conversaciones habladas. La investigación señala que las comunicaciones escritas y las conversaciones en vivo involucran procesos sociales y cognitivos diferentes.
En un contexto en el que los propios investigadores relacionan la pérdida de conversaciones con los problemas de aislamiento y soledad, recuperar algunos de esos pequeños intercambios cotidianos aparece como una posibilidad concreta.
No necesariamente se trata de mantener largas conversaciones. Puede ser simplemente saludar al vecino, responder algo más que un “bien” cuando alguien pregunta cómo estamos o intercambiar unas palabras con una persona que encontramos habitualmente.
La conclusión de los investigadores apunta justamente a esa escala cotidiana: si parte de nuestras palabras desapareció poco a poco, también podrían recuperarse de la misma manera, a través de pequeños momentos de conversación que durante años parecieron demasiado insignificantes como para contar.
Fuente de investigación: Valeria A. Pfeifer y Matthias R. Mehl, “Sliding Into Silence? We Are Speaking 300 Daily Words Fewer Every Year”, Perspectives on Psychological Science, publicado online el 20 de marzo de 2026.

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