28 junio, 2026

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El derecho a tener un hogar: las familias que eligen adoptar chicos grandes en la Argentina

En el país, menos del 10% de los postulantes acepta ahijar a niños mayores de 9 años, mientras que el 62% de los menores institucionalizados supera esa edad. Historias de resiliencia, el fin de los mitos sobre los bebés y el desafío de sanar mochilas emocionales a través del amor colectivo.

La realidad del sistema de adopción en la Argentina esconde una paradoja estructural y dolorosa: mientras miles de adultos se inscriben con el deseo de maternar o paternar, las infancias más grandes quedan atrapadas en los hogares estatales en una espera invisible. Según datos de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA), menos del 10% de los postulantes inscriptos acepta recibir a chicos de 9 años o más. Sin embargo, las estadísticas de la Subsecretaría de Políticas Familiares revelan que el 62% de los niños bajo cuidado del Estado supera los 8 años. Frente a este abismo estadístico, un grupo de familias transformó sus propios mandatos y descubrió que el lazo filial no depende de los pañales ni de los primeros pasos, sino de la restitución de un derecho fundamental.

Para Agustín y Jorgelina, el camino se inició tras una tragedia: la dolorosa pérdida de su bebé biológico a las pocas horas de nacer. Tras atravesar el duelo, se inscribieron en el registro en 2012 con un tope de edad de 6 años. «Ese niño para el que nos anotamos seguramente nos está esperando, y seguramente cumplió años», reflexionaron tras años de parálisis burocrática. Al ampliar el rango etario, el sistema se activó con celeridad: a finales de 2019 se convirtieron en los padres de Lucas, que ya tenía 9 años. Una transformación idéntica vivió Daniela, quien a sus 50 años modificó su postulación hacia el rango de 12 a 17 años y conoció casi de inmediato a Mariana (13). «Yo vi una niña que no me miraba y no me hablaba; conectamos a través del trap y de Cazzu. Nuestros hijos vienen con una mochila, pero nosotros podemos ayudar a cargarla», relata sobre su familia monoparental.

La deconstrucción de los mitos de la crianza también interpeló a Franco y Sergio, una pareja homoparental que tras rebotar en la adopción internacional por su orientación sexual, descubrió en el registro local un canal ágil y transparente. En pleno inicio de la pandemia, adoptaron a las hermanas Ariadna y Cristal (9 y 11 años). Los desafíos cotidianos no tardaron en aparecer en una casa que pasó del silencio absoluto al griterío preadolescente: «El día que llegaron a convivir, la más grande tuvo su primer período. Yo no sabía qué hacer, llamé a mi hermana por videollamada al baño para que le explicara. Los primeros meses estallaba por el aire, la convivencia era difícil, pero el contexto familiar lo cambia todo; no tenían ninguna discapacidad, solo necesitaban una familia», evoca Franco.

El abismo de la adopción en cifras oficiales

Variable del Sistema de AdopciónMétrica OficialImpacto en las Infancias Institucionalizadas
Postulantes dispuestos a adoptar mayores de 9 años< 10,0%Condena a la gran mayoría de los preadolescentes a pasar su niñez en hogares públicos.
Niños bajo cuidado estatal mayores de 8 años62,0%Población mayoritaria en los hogares que entra en convocatorias públicas por falta de aspirantes.
Aspirantes dispuestos a adoptar más de 2 niños< 1,0%Hace casi imposible la adopción conjunta de grupos numerosos de hermanos en el circuito tradicional.
Plazo de guarda y vinculación (en pandemia)InmediatoLa emergencia sanitaria obligó a convivencias abruptas que aceleraron los procesos de confianza.

Sanar el pasado y mirar al futuro

El milagro de Córdoba: El caso más extraordinario lo protagonizan Sofía y Alejandro. Al ver una convocatoria pública, decidieron adoptar a un bloque de cinco hermanos de entre 5 y 13 años para evitar que fueran separados. El mayor, Byron (12), le había pedido formalmente a la jueza que lo aislara de sus hermanos para no restarles chances de tener un hogar. Hoy, ya consolidado como hijo, lleva tatuadas las fechas de nacimiento de sus padres.

El proceso de ahijar niños grandes exige un profundo respeto por su identidad previa. En un país con la memoria histórica de la Argentina, la verdad sobre el origen es un patrimonio innegable. Las familias adoptivas coinciden en que no se debe borrar el pasado, sino integrarlo. Franco y Sergio mantienen en su living los retratos de las niñas junto al de su madre biológica fallecida, y coordinaron acciones para que pudieran visitar su tumba y hacer el duelo. Del mismo modo, Agustín y los padres de los hermanos de Lucas crearon un grupo de mensajería llamado «El Familión» para que los cinco niños, repartidos en tres hogares distintos, mantengan encuentros recreativos cada tres semanas.

La consolidación de estas familias requirió altas dosis de paciencia y el acompañamiento activo de redes civiles como Adopten Niñes Grandes y Militamos Adopción. Los protagonistas coinciden en una reformulación filosófica del sistema: el proceso no existe para satisfacer el deseo de los adultos de ser padres, sino para garantizar el derecho humano de las infancias a tener un hogar. «Los niños no te tienen que agradecer nada. Vos tenés que agradecerle a ese niño por todo lo que viene a enseñarte», concluye Sofía. En este mayo de 2026, sus historias demuestran que, más allá de las complejidades iniciales y los traumas de la institucionalización, el amor maduro y la contención familiar tienen la capacidad de sanar cualquier mochila.