La reciente tregua de diez días en el conflicto entre Israel y Hezbollah expone el trasfondo de un Estado libanés debilitado que busca recuperar su soberanía frente a potencias regionales.
Para comprender la realidad del Líbano actual, es necesario analizar el carácter estructural de su crisis. Lo que hoy vemos como un enfrentamiento militar entre Israel y la milicia Hezbollah es, en rigor, la consecuencia de un equilibrio de poder sectario diseñado en 1943 que ya no representa la demografía ni las necesidades de su población. Desde nuestra perspectiva, el país se encuentra en una encrucijada donde su propia viabilidad como Estado soberano está en juego, operando como un tablero de ajedrez para intereses ajenos.
El ascenso de Joseph Khalil Aoun a la presidencia en enero de 2025 marca un intento por reconstruir el monopolio de la fuerza a través de las fuerzas armadas, la única institución con prestigio transversal. Sin embargo, este esfuerzo choca con la tendencia histórica de Hezbollah a funcionar como un «Estado dentro del Estado». Con un arsenal financiado por Irán que rivaliza con el ejército nacional, la milicia ha pasado de ser un «escudo» contra la ocupación israelí a ser percibida por amplios sectores como un factor de riesgo que arrastra al país a conflictos ajenos a su interés nacional.
El escenario se agrava con los datos que arroja la última invasión israelí: más de un millón de desplazados y una infraestructura devastada que profundiza la depresión económica iniciada en 2020. Israel, en una postura militarizada y expansiva, busca establecer zonas de control permanente en el sur, lo que debilita aún más la autoridad de Beirut. Para el presidente Aoun, el desafío es lograr que la retirada israelí y el desarme de Hezbollah no sean procesos aislados, sino los pilares de una nueva soberanía que dependa menos de la voluntad de Teherán o Washington.
La resolución de este dilema no parece ser definitiva ni inmediata. El éxito de la gestión de Aoun depende de una arquitectura diplomática extremadamente compleja, donde actores externos deben ceder cuotas de influencia que hoy consideran estratégicas. Mientras tanto, Líbano sigue luchando por dejar de ser el escenario de guerras superpuestas para convertirse, finalmente, en un Estado para sus propios ciudadanos.

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