El incremento del 30% en el gasoil mayorista, impulsado por el conflicto en Irán, neutraliza los beneficios de la baja de retenciones y pone al límite los márgenes de la cosecha.
Las 3 claves para entender la delicada situación que atraviesa el campo bonaerense radican en el encarecimiento logístico, la pérdida de competitividad cambiaria y una estructura de costos que hoy se ve desbordada por factores externos. El contexto detrás de este fenómeno revela una transferencia de ingresos inesperada: los recursos que el Estado dejó de percibir por la baja de derechos de exportación están siendo absorbidos por las petroleras, afectando de forma estructural el corazón productivo de nuestra provincia.
Desde nuestra perspectiva, la tendencia actual marca un escenario de «rendimiento de indiferencia» alarmante. En zonas clave del noroeste bonaerense, los datos indican que se requieren rindes muy superiores a los promedios históricos para cubrir los gastos de campaña. Con un gasoil que alcanza el récord de u$s 1,66 por litro, el costo del flete y el laboreo se han convertido en una carga que muchos productores, especialmente los alejados de los puertos, ya no pueden compensar con eficiencia productiva.
El trasfondo de esta realidad también evidencia una ineficiencia logística crónica. El impacto de esta medida en el transporte automotor es severo, dado que el combustible representa un tercio de sus costos operativos. La eliminación de los precios de referencia para el transporte ha generado una anarquía tarifaria, dejando a los camioneros en una posición de extrema debilidad frente a los dadores de carga, lo que suma tensión a una cadena que ya opera con márgenes mínimos.
Por último, la consecuencia para los contratistas rurales —responsables de más del 70% de la cosecha— es una descapitalización progresiva. El aumento de los insumos básicos y la falta de crédito impiden la renovación de maquinaria, mientras que las rutas en mal estado encarecen aún más la logística. Lo que nadie está diciendo sobre este proceso es que, sin una política de contención ante la volatilidad energética, la próxima siembra de trigo podría verse comprometida por una ecuación económica que hoy no cierra para el pequeño y mediano productor.
La coyuntura internacional ha expuesto la fragilidad de un modelo que depende excesivamente del transporte terrestre y de insumos dolarizados, dejando abierta la incógnita sobre cómo reaccionará el sector ante la planificación de la nueva campaña.

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